El mensaje que nunca llegó

Un desencuentro amoroso

El siguiente artículo surge a partir de la articulación entre mi práctica clínica y la lectura del libro “Procesos Cognitivos: Modelos y Bases Neurales” de Edward E Smith y Stphen M Kosslyn

Este libro además de interesante, reconozco que es medio pesado, desde ahí el interés de presentarlos a través de situaciones cotidianas. 



El mensaje que nunca llego.

Hay silencios que pesan más que las palabras.

A veces, lo que mas nos inquieta no es lo que alguien dijo, sino lo que no dijo.

Esperamos un mensaje, una señal, una respuesta que nunca llega, y en esa espera se activa una maquinaria mental que no descansa.

Desde mi práctica clínica, suelo ver como esa espera se convierte en un campo fértil para la rumiación: pensar una y otra vez en las mismas ideas, repasando qué hicimos mal, qué podríamos haber dicho destino o si acaso el otro nos esta castigando con su silencio.

La mente intenta llenar los vacíos, y para eso inventa explicaciones. Muchas veces esas explicaciones son producto del sesgo interpretativo, una tendencia que a completar la historia con la pieza más dolorosa.

Edward E Smith y Stphen M Kosslyn nos explican que esto puede entenderse como una distorsión en el procesamiento de la información: prestamos más atención a los datos que confirman nuestras creencias negativas y desestimamos los que las contradicen. La percepción, la memoria y la emoción se entrelazan, dando forma a una interpretación que parece objetiva, pero en realidad está teñida de nuestros estados internos.

Cuando algo nos importa, la incertidumbre duele. El cerebro no tolera bien los espacios en blanco: necesita sentido, estructura, cierre. Por eso, cuando no llega el mensaje, tratamos de construir un relato que encaje. Y muchas veces ese relato nos deja atrapados en la culpa, la autoexigencia o la decepción.

En la clínica trabajamos en observar esos procesos mentales desde otro lugar. No se trata de negarlos, sino de ponerlos a prueba:

  • ¿Qué evidencias reales tengo de que el otro me está ignorando?
  • ¿Podría haber otras explicaciones posibles?
  • ¿Qué parte de esta historia estoy completando yo, sin datos concretos?

Este tipo de preguntas funcionan como pequeñas interrupciones del ciclo cognitivo automático. Nos permiten salir del bucle interpretativo y volver al terreno de lo verificable. En ese gesto, algo cambia: dejamos de ser rehenes del silencio del otro y volvemos a tener agencia sobre lo que pensamos y sentimos.

A veces el mensaje nunca llega, y no porque haya algo mal en nosotros. Simplemente no llega. Y aprender a convivir con esa falta es parte del trabajo emocional.


En consulta, suelo acompañar a mis pacientes a tolerar la incertidumbre, una habilidad que implica aceptar la naturaleza incompleta de la información y aprender a vivir sin certezas absolutas.

Podemos elegir no enviar más mensajes mentales que solo nos lastiman. Podemos volver la atención a lo que sí depende de nosotros: nuestro descanso, nuestros vínculos presentes, nuestra manera de hablarnos.

Quizás el mensaje nunca llegó, pero tal vez la comprensión de cómo nuestra mente procesa esa ausencia sí puede llegar.
Y con ella, una nueva forma de cuidar lo que sentimos, entendiendo que el modo en que percibimos el silencio también es una construcción de nuestra mente.

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