Cuando el plato reemplaza al abrazo

Comer para calmar la mente

La comida no es enemiga, es un lenguaje.
A veces, cuando el cuerpo pide azúcar, en realidad está pidiendo ternura, pausa o reconocimiento.
Escuchar lo que comemos puede decirnos mucho de lo que callamos.


Hay momentos en los que no tenemos hambre, pero abrimos la heladera igual. Buscamos algo dulce, salado o simplemente algo que nos distraiga. Lo que intentamos llenar no es el estómago, sino el vacío emocional que deja la ansiedad.
En la clínica veo esto muy seguido: personas que llegan diciendo “sé que no tengo hambre, pero no puedo evitarlo”.

La ciencia cognitiva tiene una explicación sencilla y poderosa. Edward E. Smith y Stephen M. Kosslyn describen cómo, frente al estrés, se activan sistemas cerebrales de recompensa que buscan alivio rápido. Nuestro cerebro, que detesta la incertidumbre, asocia comida con calma. Y cada vez que la usamos para calmar, reforzamos el circuito.


El cuerpo intenta ayudarnos (aunque no acierte)

Cuando aparece la ansiedad, el eje hipotálamo-hipófiso-adrenal dispara cortisol.
El cuerpo interpreta “peligro”, aunque no haya ningún depredador. La dopamina busca su salida: algo placentero, por favor. Comer —especialmente hidratos o dulces— ofrece una microrecompensa química: serotonina y alivio momentáneo.
Por eso se siente tan tentador.

El problema no está en el acto de comer, sino en lo que esperamos que la comida resuelva.


En la clínica: Paula y las galletitas de la tarde

Los ejemplos clínicos incluidos son ilustrativos y no corresponden a casos reales. Se utilizan con fines educativos para ejemplificar el abordaje terapéutico.

Paula, 34 años, llega a sesión angustiada. Dice:

“Llego a casa y no pienso. Directo al paquete de galletitas.”

Exploramos qué pasa justo antes de abrir la despensa.
No era hambre: era soledad y cansancio mental.
Durante el día se exigía tanto que, al llegar, necesitaba algo que no la juzgue.
El cerebro había aprendido que la comida ofrecía silencio emocional.

En terapia trabajamos nombrar la emoción antes de comer.
Si puede decir “estoy agotada”, ya no necesita que las galletitas lo digan por ella.
El simple acto de poner en palabras desactiva parte del circuito automático: la corteza prefrontal entra en juego, y la impulsividad baja.


Reconectar con el cuerpo

Cuando estamos ansiosos, el cuerpo queda reducido a un receptor de órdenes.
Propongo reconectar con sus señales:

  • ¿Dónde siento la tensión?
  • ¿Qué parte de mí necesita descanso y no comida?
  • ¿Podría respirar o salir a caminar antes de abrir el paquete?


Estos gestos cambian el tipo de relación que uno tiene consigo.
No se trata de prohibir alimentos, sino de recuperar el diálogo mente-cuerpo.


El cerebro puede reaprender

Smith y Kosslyn explican que los hábitos dependen de la plasticidad neural: con repetición consciente, los circuitos pueden modificarse.
En la práctica clínica, trabajamos para que la búsqueda de alivio pase de ser automática a intencional.
Comer puede seguir siendo un placer, pero deja de ser un refugio.


Para quedarte pensando

¿De qué emociones te estás alimentando cuando comés sin hambre?
¿Qué pasaría si, antes de abrir la heladera, te detuvieras a preguntarte qué necesitás realmente?

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