Motivarse sin empujarse


Lo que la ciencia cognitiva enseña sobre avanzar con propósito.


La motivación no es un motor que se enciende a voluntad. En el consultorio lo veo seguido: personas que previo a iniciar alguna actividad se exigen tener ganas para luego intentarlo, como si el impulso tuviera que llegar primero.


Sin embargo, en la consulta, se comprueba que previo a la voluntad, debe haber primeramente una acción. No se trata de esperar a tener ganas, sino de dar el primer paso y dejar que el impulso aparezca en el camino.

Motivarse sin empujarse

El pensador Nassim Nicholas Taleb, en su filosofía de vida, dice que aprendemos “jugando”, no planificando en exceso. Esa idea me resulta cercana a lo que observo en la clínica: el cambio real ocurre cuando trascendemos el pensamiento y nos exponemos a probar, cuando nos damos permiso para actuar más allá del miedo y la incertidumbre. 

En la práctica, suelo trabajar sobre la incidencia de experimentar sin certezas para disminuir el miedo. A veces, hacer algo, por más pequeño que parezca (levantarse, salir a dar una vuelta manzana, enviar ese mensaje, retomar una rutina) posibilita que se abra una nueva puerta que la mente cerró por costumbre.

Mi propuesta es  reforzar las conductas valiosas y observar sus efectos, en lugar de perseguir una motivación perfecta. Cuando el paciente nota que actuar genera alivio, su propio cerebro empieza a asociar movimiento con bienestar. 

El impulso deja de depender del ánimo y pasa a depender del sentido.

El progreso, entonces, no se mide por resultados visibles, sino por la intención detrás de cada paso. Ser constante no significa ser rígido: es seguir adelante incluso cuando el entusiasmo baja.


En el fondo, no se trata de empujar a la fuerza, sino de descubrir un motivo que tire de nosotros hacia adelante.

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