Tres falacias frecuentes en la vida cotidiana y en consulta.

En consulta, las personas no suelen decir: “Estoy cometiendo una falacia lógica”. Dicen cosas bastante más reconocibles:
“Si no puedo hacerlo bien, prefiero no hacerlo.”
“Las dos últimas veces me fue mal. Seguramente vuelva a pasar.”
“A mi edad, los demás ya tienen la vida resuelta.”
Estas frases parecen razonables, especialmente cuando llevan tiempo repitiéndose. Sin embargo, una conclusión puede resultar convincente y estar construida sobre información incompleta.
Las falacias son errores de razonamiento. No implican que una persona esté mintiendo ni que tenga poca capacidad. Muchas veces aparecen porque la mente intenta interpretar rápidamente lo que ocurre y anticipar riesgos. Esa velocidad puede ser útil, pero también facilita que simplifiquemos demasiado o transformemos algunas experiencias en reglas generales.
Entre las distintas falacias lógicas, hay tres que aparecen con frecuencia en la práctica clínica: el falso dilema, la conclusión apresurada y la comparación inapropiada.
El falso dilema: ver solamente dos opciones.
Una persona tiene que presentar un trabajo y piensa: “O me sale excelente o voy a hacer el ridículo”. También puede aparecer frente a una crisis de pareja: “Si tenemos tantos problemas, entonces deberíamos separarnos”.
El falso dilema reduce una situación compleja a dos alternativas extremas. Es habitual en el perfeccionismo, donde la tarea queda dividida entre éxito y fracaso y se pierden de vista opciones bastante más realistas.
Un trabajo puede salir bien sin ser excelente. Podemos equivocarnos en una parte, corregirla y continuar. Una pareja puede atravesar dificultades sin que las únicas posibilidades sean separarse o seguir exactamente igual.
Frente a este razonamiento, conviene preguntarse: ¿qué opciones estoy dejando afuera?
La pregunta no garantiza una solución, pero permite ampliar un escenario que la ansiedad había reducido a dos salidas.
La conclusión apresurada: convertir algunas experiencias en una regla
“Intenté relacionarme con dos personas y no funcionó. Siempre elijo mal.”
“Fui a una reunión, casi no hablé y quedó claro que no sé vincularme.”
Hay un hecho real detrás de cada afirmación: dos relaciones terminaron mal o una reunión resultó incómoda. Lo apresurado es utilizar esas experiencias para anticipar el futuro o definir una característica personal.
Cuando una situación produce vergüenza, miedo o tristeza, solemos darle un alcance mayor. Un episodio concreto termina convertido en una afirmación general: “Soy así”, “Siempre me pasa” o “Nunca voy a poder”.
En terapia interesa revisar la información utilizada para llegar a esa conclusión. ¿Cuántas experiencias hubo realmente? ¿Todas fueron iguales? ¿Existen situaciones que contradicen esa regla?
Lo ocurrido no cambia. Lo que puede cambiar es la interpretación y el alcance que le damos.
La comparación inapropiada: medir realidades diferentes con la misma regla.
Alguien que recién comienza su carrera compara sus resultados con los de una persona que lleva quince años trabajando. Otra persona evalúa su recuperación emocional observando a quien atravesó una experiencia diferente y cuenta con otros recursos.
La comparación puede aportar información cuando los puntos de referencia son razonablemente equivalentes. Pierde utilidad al dejar afuera diferencias importantes: historia personal, oportunidades, edad, salud, responsabilidades o tiempo invertido.
Además, suele existir un desequilibrio difícil de advertir. De los demás vemos principalmente el resultado. De nuestra propia experiencia conocemos las dudas, los errores y el esfuerzo que hubo detrás. Estamos comparando información pública y parcial con un registro interno mucho más completo.
La pregunta, en este caso, sería: ¿estoy comparando situaciones equivalentes o solamente resultados visibles?
Revisar cómo llegamos a una conclusión.
Conocer el nombre de una falacia no evita que volvamos a cometerla. Su utilidad está en poder reconocerla cuando empieza a influir en nuestras emociones o decisiones.
¿Estoy viendo únicamente dos alternativas? ¿Tengo experiencias suficientes para establecer una regla? ¿La comparación considera condiciones parecidas?
Después de revisar la evidencia, quizá confirmemos nuestra primera impresión. También podemos descubrir que nos adelantamos o dejamos información importante afuera. Y hay situaciones en las que la respuesta más rigurosa sigue siendo sencilla: todavía no lo sabemos.



